Actitud frente a la Vida

Columna del Rector


Por Roberto Moreno Godoy

Que usted logre encarar las situaciones con buen espíritu.

Había comenzado esta columna haciendo referencia al inicio del ciclo escolar del próximo lunes. El tono que llevaba el artículo me hizo parar y reflexionar sobre algo que ha ocupado mi mente desde el cierre del año pasado. Por ello, retomaré el tema de educación en otro momento. Con tantas situaciones adversas en nuestro entorno, uno cae fácilmente en la trampa de abonar a una crítica desmedida, sumarse a la confrontación e impregnarse de un contagioso negativismo, lo que nos encadena e inmoviliza. Esto no tiene por qué ser así.

En estos días he tenido presente de manera especial a mi mamá, quien nos dejó hace más de dos décadas. Es normal que durante la Navidad y la época de fin de año nos hagan falta nuestros seres queridos ausentes. Sin embargo, he pensado en ella no tanto por lo que significó su partida, sino por su forma de ver las cosas. Tenía una manera peculiar de encarar las alegrías y dificultades. Quizá sea porque estoy apenas a un par de años de alcanzar la edad en que ella murió, lo cual me hace tratar de colocarme en sus zapatos. Fue duro para mi papá y para sus hijos despedirnos de quien fuera el epicentro de nuestro hogar, sabiendo que su partida prematura dejaba muchos proyectos truncados. Pese a su endeble estado de salud y a los muchos retos que le tocó enfrentar, siempre encontró energía para sonreírle a la vida. Una actitud positiva y su enorme fortaleza marcaron su existencia. Aún me conmueven los abundantes testimonios en el día de su sepelio, los cuales hablaron con elocuencia de la forma en que veía el mundo y sobre cómo se relacionaba con los demás. Muchos celebraron que ella se hubiese cruzado en su camino. Mis amigos y los de mis hermanos recordaron con cariño las tertulias que compartió con ellos, cuando les abrió la puerta de nuestra casa. Las empleadas de la farmacia de la esquina, de dónde era consuetudinaria visitante por sus múltiples achaques, enfatizaron el don de gentes de Doña Lolita. Sus amigas cercanas lloraron la partida de una persona auténtica y leal. Sus sobrinos sintieron la partida de la Loles, una tía cercana y cariñosa. Sus médicos reconocieron la templanza de una antigüeña de hueso colorado. Sus viejos compañeros del IIEME en la USAC, recordaron con admiración cómo permaneció trabajando junto a su jefe por varios meses sin ganar sueldo para mantener a flote el Instituto, mientras se encontraba cómo regularizar el financiamiento del mismo. Varios estudiantes de distintas universidades, a quienes había ayudado a pasar a máquina su trabajo de tesis, hablaron sobre su apoyo durante esas estresantes jornadas de trabajo. Sus hermanas despidieron con el corazón estrujado a la más pequeña de la casa, sabiendo que había sembrado muchas semillas. Todas esas imágenes describen la figura de una mujer de bien, con una inmensa capacidad de amar, trabajadora, solidaria, servicial, optimista, generosa y perseverante. Alguien que lograba ver el lado positivo de las cosas. Para ella las personas eran buenas por naturaleza y merecían el beneficio de la duda.

Así, he concluido que la mayor herencia a sus hijos fue habernos modelado esta manera de enfrentar todo lo que Dios ponga en nuestro recorrido. Anhelo poder aprovechar este aprendizaje y replicar en parte su legado. Espero que, como ella lo logró, todos podamos aportar a Guatemala con buena disposición, enfrentando los problemas y salvando los obstáculos con una actitud positiva. Los múltiples retos que enfrentamos exigen una perspectiva distinta. Que nuestra tierra cuente con el mejor espíritu de sus hijos este año. Esto nos hará ser más efectivos para enfrentar juntos los retos y alcanzar con éxito los objetivos que nos tracemos.


Last modified: 09/04/2018

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